sábado, 15 de octubre de 2011

Escalada

Firmemente me encuentro sujeto a esa roca, la que decide si, mantenerse en su lugar o desprenderse, haciendo así que caiga al vacío. Comienzo a subir muy cuidadosamente, pues en cada ascenso, hay un riesgo del descenso más fatal.
La cima pareciese alejarse de mi, pero ya no hay vuelta atrás, miro hacia abajo y las nubes no me permiten ver el suelo. Me asusto y quedo petrificado, bajo un mar de angustias, previendo el inminente fin, que por el cansancio me suelte y vuele sin alas.
Pero decido mirar una vez más a la cima, y la veo tan cerca, nuevamente sigo escalando precavido, y llego.
Es hermoso el sentir que he llegado a donde pocos han podido estar, ser envidiado por el resto por lo que mis ojos ven y respirar victoria.
Algo de repente sucede en mí, un dolor aborda mis piernas, será la fatiga? No! Es mas doloroso, me debilito y quedo de rodillas sobre la tierra. Ahora mi cintura me duele y provoca que quede en una posición cuadrúpeda. Observo mis manos y mis dedos se pegan mientras que mis uñas se van alargando, están cobrando la forma de una pata de perro. Pero no solo son mis manos sino que el cuerpo entero esta cambiando, al cabo de unos segundos, ya no soy humano.
Bajo la montaña, aquella que tan dificultosa había sido en su subida, sin ningún problema. Corro sin objetivo alguno, sólo por placer entre los árboles, me siento libre como nunca antes.
Ya era de noche y no me había dado cuenta, miro al cielo, la luna y las estrellas me llenan de un frenesí incontrolable. Para descargarme aúllo y ellas me sonríen.
De repente escucho otro grito de alegría, y otro más. Mis nuevas amigas del cielo me dirigen hacia donde están quienes gritaron. Los miro, y son lobos como yo aullándole a la noche. Felices nos disponemos a hacer una manada, pero no cualquiera, pues vencimos la barrera de la humanidad.

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